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martes, junio 20, 2006

Qué tiempos aquellos de la guerra fría...

Leo que ayer llegó a León Anatoly Karpov, uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos. Estará allí unos días, por la celebración del X Festival Internacional de Ajedrez.

La sóla mención de su nombre trajo a mi memoria aquellas épocas en que -bajo el férreo dominio del duro Yuri Andropov- Karpov era el buque insignia de los ajedrecistas soviéticos. Recuerdo con qué emoción y expectativa se vivió en el mundo libre la contienda entre él y Víctor Korchnoi, el más destacado ajedrecista de occidente, que era un ruso que había desertado de la URSS.




En ese match de ajedrez, que decidiría quién sería el campeón mundial, parecía dirimirse mucho más que una simple partida entre blancas y negras. Era la batalla del totalitarismo contra la libertad.

De más está decir que mi corazón y mis esperanzas estaban puestas en Víctor Korchnoi, aunque fue Karpov quien finalmente ganó el match de ajedrez, para mi tristeza.

Algunos años más tarde volvió a machacar a Garry Kasparov, el "perestroika boy" del ajedrez.

Los años han pasado, y sin embargo sigo arrastrando un rechazo visceral por Karpov. Su rostro duro, sus mirada torva, su papel de "peón" del régimen soviético de entonces, y su afinidad actual al gobierno de Vladimir Putin, siguen provocando mi repugnancia. Repugnancia que se incrementa cuando recuerdo que justamente "Karpov" era el alias elegido por el etarra Juan María Insausti.

El sonido de su nombre me hizo evocar otros tiempos, tiempos en los que no había tanto "talante" y el neolenguaje era una invención literaria de George Orwell. Tiempos en que las civilizaciones estaban naturalmente alianzadas: los que defendían la libertad por una parte, y los que querían destruirla por otra. Tiempos en que los buenos eran buenos, y los malos eran malos.

Los versos del tango que cantaba Carlos Gardel, manan como lágrimas cuando me acuerdo de estas y otras cosas:

Te acordás, hermano, que tiempos aquellos!
eran otros hombres, más hombres los nuestros,
no se conocían coca, ni morfina,
los muchachos de antes no usaban gomina
.
Y para remediar este dejo de tristeza que me ha producido la noticia de que Karpov está por aquí, os dejo este enlace a la vida de Víctor Korchnoi. Como veréis, una vida de película.

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