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martes, julio 11, 2006

Un ejército de paz y un Papa que habló de libertad

Os dejo esta excelente crónica de Federico Quevedo para El Confidencial, sobre el V Encuentro de las Familias, de Valencia.

Realmente, me ha conmovido su relato, y comparto cada una de sus palabras porque describe perfectamente el espíritu que se vivió allí.


Un ejército de paz y un Papa que habló de libertad, mensajes que no quiso escuchar el presidente

Cuando el domingo por la mañana, muy temprano, con las primeras luces del alba, caminaba a lo largo del lecho seco del Río Turia y cruzaba por entre los distintos grupos de peregrinos, a un lado y a otro, que despertaban de un escaso sueño, y mientras sonaban por los altavoces dispersos a lo largo del cauce sobre el que se levantó la Ciudad de las Artes y las Ciencias notas que sonaban a épicas, tuve la sensación de que aquel lugar albergaba un ejército, pero un ejército de paz. Llevada esta sensación al extremo, cuando los sacerdotes se repartieron a lo largo y ancho del cauce para confesar a todo aquel que lo pidiera, y para dar la comunión acompañados de voluntarios con sombrillas que aliviaban, solo un poco, el insufrible calor del mediodía, la imagen me hizo recordar alguna que otra película, tipo El Reino de los Cielos, y la manera en que los Cruzados aliviaban sus almas antes de acudir a la batalla.

Aquí no hay batalla que valga, al menos en su sentido épico, pero sí cundía una cierta sensación de que aquel lugar se había convertido en una reserva de fe, de que todas aquellas almas necesitaban confirmar una vez más la razón divina de su existencia, en un momento en el que sienten el acoso de una política en exceso laicista, no solo en España, sino en todo el mundo, y sobre todo en esta vieja Europa que parece empeñada en renegar de sus orígenes. Ese ejército desplegó durante el fin de semana todas sus armas, que no son otras que la fe y la oración, para lograr una sociedad más libre, más humana, más solidaria y más firme en la defensa de sus convicciones.

Desde las primeras horas del día anterior, a la espera de la llegada de Benedicto XVI a Valencia, la ciudad se había sumido en una singular comunión de fieles que de todas partes llegaban a las calles de la Ciudad del Turia, cuyas murallas se rindieron al Cid, que la liberó de las garras del Islam, muerto ya sobre su caballo, para recibir al hombre que los católicos creen, creemos, que es Cristo en la tierra, al único ser humano al que la Iglesia otorga infalibilidad cada vez que habla de Dios. Y cuando llegó, cuando el Papa cruzó las calles de la ciudad, aquella multitud de peregrinos rompió en un griterío ensordecedor y al tiempo armonioso de vivas al Papa y aplausos ininterrumpidos mientras los teléfonos móviles y las cámaras digitales se alzaban entre las cabezas para intentar captar una instantánea de la sonrisa afable del Papa Ratzinger.

No sé quién decía que Juan Pablo II fue admirado por la grandiosidad en la escenificación de su apostolado, por el modo en que hizo posible que la Fe llegara a todos los rincones gracias al modo en que comprendió que había que aprovechar los avances de la tecnología. De ahí que se le denominara el Papa mediático. Pero Benedicto, por el contrario, despierta ternura, y sus palabras se escuchan con la convicción profunda de que son Verbo de Dios y guía espiritual.

Y al mismo tiempo que las calles albergaban a cientos de miles de peregrinos que querían seguir al Papa en todo su recorrido, sobre todo en su ofrenda a la Virgen de los Desamparados, patrona de la ciudad y consuelo de muchas almas, sobre todo en los días posteriores al terrible accidente del metro que segó la vida de 42 personas, otros cientos de miles instalaban en el Cauce del Turia, seco tras la riada de principios del pasado siglo, y recuperado merced a la fuerza de la arquitectura de Santiago Calatrava, sus mochilas y sus esperanzas, a pleno sol, aguantando un calor infernal y húmedo a la espera de que el Santo Padre les dirigiera la palabra desde el impresionante altar construido a la vera del Palacio de las Artes.

Pero merecía la pena escuchar aquellas reflexiones cargadas de la fuerza de la convicción. Les mentiría si les dijera que fui con mis otros compañeros, aprovechando las ventajas que otorga esto de ser periodista. Estuve en el sector H1, Zona 2, con el resto de los peregrinos, hablando con ellos, escuchando de sus labios palabras llenas de sentido, del sentido que tiene la convicción de que los seres humanos somos hijos de Dios, venimos de Él y Él es el final de nuestro viaje, y contestar así a las tres preguntas que la humanidad se viene haciendo a lo largo de los siglos y que sólo tienen respuesta en la fe.

El Papa no vino a reñir a nadie. Pero es verdad que las pocas veces que los peregrinos vieron a los representantes de nuestro Gobierno, por la mañana al llegar el Santo Padre a la Generalitat y por la tarde en la recepción oficial, de sus gargantas salieron gritos unánimes de reprobación. La misión de Benedicto XVI era pastoral, y cumplió estrictamente con la misma, pero de sus palabras cabe extraer conclusiones que deben hacer reflexionar a quienes desde una política cargada de sectarismo y de revanchismo anticatólico han forzado situaciones que con el entendimiento se hubieran podido solucionar sin buscar innecesarios enfrentamientos que a nadie benefician.

El Papa habló de libertad, porque frente a quienes quieren presentar al catolicismo como una religión retrógrada que se niega a acomodarse a los tiempos, lo cierto es que “la fe y la ética cristiana no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo más sano, fuerte y realmente libre”. Es obligación de los poderes públicos, y así lo dijo el Papa, proteger a la familia, a la familia a secas, sin el adjetivo de tradicional ni nada parecido, que es el modo en que la progresía quiere hacer distinciones, y debe hacerlo porque la familia es el núcleo esencial de la sociedad, el origen de la misma, la depositaria de la fe, la iglesia doméstica en la que crecen el amor y la libertad y se educa en la misma al individuo.

No quiso, por supuesto, Rodríguez Zapatero escuchar estos mensajes. Lo de su asistencia a la misa del domingo era una simple cuestión de cortesía, de educación, no de obligación. En esos gestos, incluso siendo consciente de que su presencia atraería más de un abucheo, un político demuestra su talla, y la de Rodríguez es indudablemente muy corta, comparada con la de algunos de sus predecesores, incluso de sus mismas filas. La broma del collar de perlas, que es el comentario que desde Moncloa hizo un portavoz oficioso respecto al regalo del Papa a la vicepresidenta De la Vega y a la mujer del presidente, y que obviamente era un rosario, dice mucho de la altura moral de este Gobierno, que se encuentra a ras de suelo. Una altura moral que choca frontalmente con la de millones de peregrinos, de toda clase y condición, que allí se reunieron para escuchar la palabra de Dios de labios del Papa.

No hubo distingos: igual se podía ver a la madre de Jaime de Marichalar, con sus hijos, ataviados de las mismas camisetas amarillas y blancas que el resto de los peregrinos, durmiendo al raso sobre el duro suelo, que a franciscanos curtidos en el voto de pobreza con sus túnicas y sandalias por toda propiedad, aposentando sus reales sobre el mismo duro suelo que la madre del Duque de Palma. Lo que nos unía allí a todos no era una ideología, ni una crítica al Gobierno, ni unas siglas, ni siquiera un mismo concierto de música, ni una representación de la capacidad del hombre para crear otorgada por Dios. Lo que nos unía era la misma fe y la misma necesidad de obtener de boca del Papa Benedicto alimento para el alma. Y así fue, y como diría aquel famoso presentador de telediarios, así se lo he contado, lo mejor que he sabido, del modo en que creo que fueron las cosas.

1 Comments:

At 12 julio, 2006 08:03, Anonymous Anónimo said...

uCONMOVEDOR TESTIMONIO DE LO QUE VIVIERON LOS QUE FUERON A VALENCIA. GRACIAS

 

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