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lunes, enero 23, 2006

¿Delenda est monarchia?

Citábamos ayer la frase famosa de Tayllerand y repasabamos la vida y milagros de este político de raza. Quedaba pendiente comprobar si la frase conviene a nuestro rey, un Borbón de pura cepa. Conviene, como anillo al dedo. En concreto, la defección de los monárquicos sufrida por su abuelo Alfonso XIII, que acabó con la Monarquía, no parece haberle servido de lección al nieto.

No olvida, como queda claro en el testimonio de De la Cierva que presentábamos aquí:

«Tu abuelo - me dijo, sin más preámbulos - tenía razón el 14 de abril, mi abuelo no. Yo he aprendido muy bien cómo terminó aquel reinado. Tu abuelo tenía razón. Yo no entregaré jamás el trono por las buenas. Si alguna vez vienen aquí por mi me podrán sacar con los pies por delante, pero nunca de otra manera».

Y sin embargo, no aprende. Los desplantes que nuestro rey Juan Carlos viene haciendo a la derecha contrastan demasiado con los guiños a la izquierda para que el pueblo soberano deje de percibir su parcialidad. La máxima expresión de esos desplantes tuvo lugar cuando afirmó que "Hablando se entiende la gente”, pronunciado tras una reunión con el recién nombrado presidente del parlamento de Cataluña, el republicano (es decir, antimonárquico) y separatista (es decir, antiespañol) señor Ernesto Benach. Su fin fue mortificar a Aznar, enfrentado al secesionismo catalán.

Buscar de nuevo la defección de la derecha no parece que sea la estrategia más correcta para asentar la monarquía en un país que ya una vez "se acostó monárquico y se levantó republicano". Un repaso a la historia de la llegada de la república desmiente aquellas palabras reales. El diálogo, el pedir diálogo, es ya rendición en muchos casos.

Recordará don Juan Carlos que su abuelo se arrastró hasta el mismo límite de la abyección al encargar la formación de formar gobierno a Sánchez Guerra, que un año antes había escrito cosas como esta:

Yo quiero aclarar y fijar de un modo definitivo, definitivo, mi postura personal. (...):

No más abrazar el alma
en sol que apagarse puede;
no más servir a señores
que en gusanos se convierten.»


¡Qué desesperado debía de estar el abuelo para tener que recurrir a él! Sánchez Guerra fue a visitar a la cárcel a los golpistas de Jaca para ofrecer la participación en el gobierno a aquellos republicanos que habían intentado traer la república mediante la sublevación militar. Por la misma razón, el diálogo no le valió de nada, o lo que es peor, de descrédito. El rey Juan Carlos dialoga ahora con los mismos partidos y las mismas siglas. Tampoco le servirá de nada. Si la derecha soporta semejante rey es por ser una garantía de contención frente a una izquierda de tradición golpista y una secesión antiespañola en sus horas de máximo apogeo.

En su pasado discurso de Noche Buena hacía referencia a la necesidad de entendimiento de los dos partidos políticos mayoritarios. La llamada fue desatendida clamorosamente por la izquierda antiespañola, que se reunía la semana siguiente con la secesión para ver las posibilidades de acuerdo sobre un estatuto catalán que acabará con España. El resultado de este acuerdo -sellado la noche del pasado sábado- va a contar necesariamente con la oposición de la derecha. Salvo dificultades de última hora, el rey Juan Carlos tendrá en unos meses encima de su mesa y listo para la firma -"Sepan los que la presente vieren y entendieren..."- un Estatuto catalán cuyo maquillaje no será suficiente para ocultar la quiebra del actual régimen constitucional español.

El rey Juan Carlos tendrá que tomar una decisión trascendental, firmar una ley hecha contra media España y, posiblemente, el cuarto y mitad de la otra media. Ese día puede ser el comienzo del fin de la actual monarquía. Sería la tercera vez que sucede. Será la última.

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