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miércoles, noviembre 30, 2005

¿LEFEBVRE REHABILITADO?

Publicado en Minuto Digital


¿LEFEBVRE REHABILITADO?

A comienzos de los años setenta surgió estridente en la apoteosis post-conciliar la voz del Arzobispo de Dakar, Monseñor Marcel Lefebvre, con su «Yo acuso al Concilio», estruendosa como trueno. La línea de aquella protesta no era, como pensaron los inducidos por los medios progresistas, la ostentación de más catolicidad que nadie ni la recidiva de amenazas galicanas. A muchos más nos pareció que en el obispo francés no había protesta sino alarma, no hubo arrogancia sino firmeza, no hubo rebeldía sino tristeza y, sobre todo, no hubo soberbia sino la oblación de su brillante carrera eclesiástica arriesgándola toda como dique ante las audacias del protestantismo infiltrado en la cúpula Vaticana. Su enfrentamiento a Roma no fue la inmadurez de un joven Lutero sino el salto sin otra red que su fe para defender lo que creyó en su conciencia salvaría la permanencia de la Tradición apostólica. Para un gran número de católicos la excomunión a Monseñor Lefebvre fue tan injusta como la que se hubiera propuesto en los tiempos primitivos contra San Pablo por enfrentarse a San Pedro; como la efectiva contra San Atanasio, plantado ante césares y papas semi-arrianos; como la intentada contra Santa Teresa de Jesús por sus hermanos carmelitas. Para muchos católicos la “summum jus” contra Lefebvre fue tan injusta como la inferida a otros santos en circunstancias parecidas; tan parecidas que los excomulgantes se apoyaron de forma unánime en los mismos argumentos de disciplina e ignoraron los superiores de que un estado de necesidad determina un derecho de oposición. Creo que una interesante tesis sobre la santidad podría elaborarse investigando los casos de excomulgados que más tarde fueron rehabilitados y canonizados. La oposición de Lefebvre a los decretos y constituciones del Concilio no partía sólo de los mismos, por sus textos sino, más ciertamente, de sus aplicaciones, por el desgobierno que amparaban, por el peligro que anunciaban de demolición de la Iglesia y por la inmediata descomposición de su cuerpo doctrinal; de la sorpredente promoción directa y coactiva de liberalismo relativista afincado “en el lugar santo” por acción de hábiles y secretos (o discretos) poderes. Las razones del Lefebvre de entonces están hoy a la vista con sólo comparar esta Iglesia indigestada de proletarismo comunista y la anterior a las aplicaciones post-conciliares; y, a la par, la consecuencia visible de una Iglesia sin religión viene a denunciar la verdadera justificación en que se soportaron los argumentos canónicos de su fulminación en 1988.


El pasado 29 de agosto Monseñor Bernard Fellay, superior de la Fraternidad de San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, fue recibido por el Santo Padre, Benedicto XVI, en respuesta a su solicitud. De aquella visita, celebrada de un lado por el Papa y el Cardenal Castrillón Hoyos, Presidente de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”y, del otro, por el citado superior y el sacerdote Franz Schmidberger, apenas se conocieron detalles. Aparentemente seguían las posturas irrenunciables... hasta que la revista 30GIORNI, editada por Comunión y Liberación, nos dio en septiembre un atisbo de posible entendimiento. En un reportaje de nada menos que diez páginas, edición italiana, que podemos resumir en dos muestras, se nos transcriben las declaraciones de Msr. Fellay: «Nosotros no queremos imponer condiciones previas a la Santa Sede.» Y las no menos optimistas del cardenal Castrillón Hoyos que afirma: «El retorno [aunque] por etapas no es atropellado pero tampoco lento».

Pero no sólo es esto. Pocas semanas después, que en en el tiempo vaticano son como días o, tal vez, horas, se han producido nuevas manifestaciones. Así, las del citado cardenal a la televisión francesa revelándonos que en aquella audiencia del pasado agosto hubo mucho más que protocolo. Sus declaraciones a la cadena TV-5, el 13 de noviembre, se significan en las siguientes palabras:

«La Fraternidad de San Pio X está en la Iglesia. La comunión existe.»

«No estamos delante de una herejía. No se puede decir en términos correctos, exactos, precisos, que haya un cisma.»

« (...) Ellos están en la Iglesia. Como fue dicho en el encuentro con Mons. Fellay, falta apenas una plena, una más perfecta comunión, una más plena comunión puesto que la comunión ya existe.”

Tomemos nota de que por dos veces dice el Cardenal: “Están en la Iglesia”, y que dos veces más afirma que “La comunión ya existe”. Luego, un lector con sentido común puede entender que la excomunión lanzada contra el fundador de la Fraternidad de San Pío X ya ha sido revocada en la práctica. Sin embargo, nada se nos dice en forma oficial. De estos juegos de lenguaje eclesial se deduce que la tal comunión no es plena sino incompleta, y que lo de estar en la Iglesia es un ser y un no ser. Por tanto, uno se pregunta: Si falta una más plena comunión es que no hay comunión plena. ¿Cómo puede usarse la palabra plena para que no se entienda plena? No existe una plenitud de nada que sea inconclusa o parcial. Con todo el respeto que nos merece el Cardenal Castrillón, nosotros los fieles corrientes necesitamos que se nos hable un idioma más claro sin las restricciones de la ambivalencia, del sí pero no, o del no pero sí. De la manera en que se expresa el cardenal Castrillón no sabemos si los lefebvristas siguen excomulgados o si ya los podemos considerar liberados de su condena. De sus palabras colegimos que la situación es ésta: Siguen excomulgados porque la excomunión no se ha levantado pero, dado que también están dentro de la Iglesia, en un cierto grado de “comunión plena”, parece que los fieles podemos acercarnos a la Fraternidad de San Pío X y apoyarla, sin por ello herir ni actuar a la contra de la Iglesia. «Bueno —me dirá algún lector—, es que entre las huestes eclesiales es muy normal hablar así, tienen sus propios adjetivos para conceptos que les son propios.» Pues no, eso no es de recibo para “somostodos”. En el caso de que exista un lenguaje con el que se entienden entre sí los miembros del clero no se aprobaría su uso en unas declaraciones de audiencia pública. Porque si para las máximas autoridades de la Iglesia consta que no existe cisma propiamente dicho, si a la vez dicen que los lefebvristas están en la Iglesia, es una crueldad infamante mantener oficialmente la excomunión “al arzobispo Marcel Lefebvre, a los obispos por él consagrados y a los fieles seguidores que sostengan la Fraternidad”, que es a lo que obligaba el Motu Proprio anatemizador. No obstante, después de las declaraciones del Cardenal es un hecho, no todavía un Derecho, que ya no son herejes ni cismáticos y que la excomunión, aunque sigan excomulgados, ya no es excomunión plena sino sólo un cuarto de kilo, y la acusación de cisma simple retórica sin reconocimiento práctico. Es decir, lo ininteligible de las declaraciones permitirá que unos obispos y sacerdotes sigan señalando a la Fraternidad fundada por Monseñor Lefebvre con el dedo de su intransigencia liberal (unánime disciplina de la progresía) y que otros obispos y otros sacerdotes podrán hacer lo contrario, sin que en ninguno de los casos se peque contra la autoridad....

Por supuesto, el Papa Benedicto XVI no puede arreglar de un golpe este caos disciplinar que se manifiesta, incluso, en las declaraciones comentadas. Nada se hace en la Iglesia a trompicones. Con todo, el último número de 30GIORNI es, sin duda, una esperanza para toda la Iglesia; incluidos los modernistas a la fuerza. Porque no ignoramos que la reposición de la Fraternidad de San Pío X, en vigencia, en facultades y en universal reconocimiento, será para la Iglesia una fuente de restauración católica que reorientará los vientos vocacionales y purificará los seminarios. Su existencia y el libre uso del ministerio sagrado reforzará los tiempos de dificilísima corrección a desarrollar en los próximos cincuenta años. Muchos piensan que estas congregaciones como la Fraternidad de Msr. Lefebvre, o el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, especialmente dedicados a la ortodoxia de la Tradición en doctrina y liturgia, serán como un seguro de vida en el caminar del Papa, muchas veces forzado a ser políticamente correcto. Pedro RIZO

Pedro Rizo

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