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domingo, diciembre 25, 2005

Promesas rotas

Excelente artículo publicado por Rosa Díez en El Mundo el 20 de diciembre. Nos unimos a su sentimiento de desazón y cuasi desesperación al ver que su partido ha perdido el rumbo. Se pueden tener diferencias de opinión en ciertos temas por cuestiones ideológicas, pero JAMÁS se puede discrepar sobre el respeto a la vida y los derechos de los ciudadanos, o sobre la legalidad o ilegalidad de las acciones de gobierno. ETA es una banda de asesinos, y como tales deben ser juzgados y tratados. Y no cabe nada más. Absolutamente nada más, y mucho menos la mezquina aritmética electoralista de este gobierno de analfabetos que, para sumar ellos, restan, dividen y hacen tender a cero la decencia y la cordura.


Promesas rotas

Cuando el viernes pasado supimos que el Partido Socialista de Euskadi había decidido retirar la enmienda a la totalidad y apoyar los presupuestos del Gobierno vasco, me vino a la cabeza el título de este poema de autor desconocido que ocupa uno de los momentos más intimistas y melancólicos de la película de John Huston: Dublineses (los muertos). Es un poema de amor y de mentiras; de promesas rotas que se descubren demasiado tarde para evitar el sufrimiento y la traición: «Mi madre me dijo que no hablara contigo; ni hoy ni mañana ni el domingo. Pero eligió un mal momento para hacerlo. Fue como cerrar la puerta cuando la casa ya había sido robada».

La decisión de la dirección del Partido Socialista de Euskadi de reforzar al lehendakari Ibarretxe y a su Gobierno puede tener consecuencias importantes y no puede ser contemplada sólo como un acuerdo puntual que podría estar derivado de la voluntad del Gobierno de Zapatero de conseguir el apoyo del PNV para los Presupuestos del Estado. Por eso vuelvo a exponerme a recibir la réplica de alguna de las víctimas que forman parte de la estructura orgánica del PSE, más dispuesta a descalificar a quien expresa públicamente lo que piensa, que ocupada en evitar que se consume este tremendo despropósito. Este acuerdo tiene importantes consecuencias éticas y políticas para los socialistas y para la sociedad vasca, por lo que considero una obligación argumentar mi rechazo al mismo. Advertirlo antes de que la casa haya sido robada.

Desde un punto de vista meramente práctico, resulta evidente que con este acuerdo hemos roto la promesa que hicimos a los ciudadanos en la última campaña electoral de utilizar sus votos para liderar la alternativa al Gobierno nacionalista de Ibarretxe. Se diga lo que se diga, cuando el primer partido de la oposición decide apoyar la política del Gobierno -y apoyar los Presupuestos de un Gobierno es apoyar su política-, renuncia expresamente a constituirse en alternativa. Patxi López no podía haber hecho a María San Gil mejor regalo de Reyes. Pero eso, siendo politicamente importante, no es lo más grave.

Lo más grave es que hemos roto la promesa de no pactar con un lehendakari que sostuvo un pacto con ETA para excluir a los no nacionalistas. Un pacto al que nunca ha renunciado, de cuyos contenidos nunca se ha arrepentido, por el que nunca ha pedido disculpas ni a los ciudadanos ni a las víctimas.

Hemos roto la promesa de no pactar con un lehendakari que siguió gobernando con el apoyo de Batasuna, a sabiendas de que ETA había dado por rota la tregua en agosto de 1999; que siguió sin prestar la protección debida a los ciudadanos vascos amenazados de muerte por la banda terrorista, incluso después de que ésta asesinara en Madrid, en enero de año 2000, al teniente coronel Blanco. Con un lehendakari que prefirió mantener públicamente la ficción de que ETA no atentaría en Euskadi, a pesar del riesgo que representaba para ciudadanos inocentes.

Hemos roto la promesa de no pactar con un lehendakari que, tras ser asesinados Fernando Buesa y su acompañante Jorge Díez, mantuvo durante varios días su pacto de Gobierno con Batasuna.

Hemos roto la promesa de no pactar con un lehendakari que salió por la puerta de atrás de la iglesia en la que celebrábamos el funeral por Fernando Buesa; que convirtió la manifestación contra el asesinato de Fernando y Jorge en un acto de
reivindicación de su persona. Que tardó varios días en dar el pésame a la familia del portavoz socialista asesinado.

Hemos roto la promesa de no apoyar a un lehendakari que fue insensible a las peticiones reiteradas de la familia Pagaza, que sentía como una condena a muerte la decisión del Ejecutivo que él presidía de trasladar de Laguardia a Andoain a Joseba. Una condena que se cumplió puntualmente.

Hemos roto la promesa de no consentir que nadie equipare a las víctimas con los victimarios. Sé que esto que digo es duro, muy duro. Pero no nos engañemos: si apoyamos un Presupuesto en el que se contempla una partida presupuestaria que destina dinero público para los familiares de los presos de ETA, estamos aceptando de facto la idea que siempre han sostenido los etarras y los nacionalistas: que los victimarios sufren tanto como las víctimas; que ambos colectivos -víctimas y verdugos-, son consecuencia de un conflicto político no resuelto. Aceptar esa premisa nos debería obligar a hacer inmediatamente una reflexión. Una de dos: o los nacionalistas han tenido siempre razón en este tema, que es fundamental, o lo nuestro no tiene nombre. Porque si hemos llegado a la convicción de que nosotros estábamos equivocados, hemos de hacer autocrítica y explicárselo a los ciudadanos. Y que éstos decidan después.

Pero si hacemos esto sólo por una apuesta coyuntural, por conseguir un mejor
acomodo, una legislatura más cómoda en Madrid, un espacio de poder en
Euskadi, entonces En ese caso no me atrevo ni a calificarlo.

Si apoyamos un Presupuesto que destina dinero público para los asesinos de ETA, todo nuestro discurso ético, toda nuestra historia de lucha por la libertad en el País Vasco, todo el sufrimiento soportado por los perseguidos, por los amenazados, por los asesinados, por sus familias, todo habrá sido traicionado. Habremos roto nuestra
promesa más sagrada: la de oponernos siempre a que ETA y sus asesinos acaben sus días con honor. Es así de crudo y así de sencillo: si apoyamos un Presupuesto que les financia, estaremos reconociendo una motivación política a sus crímenes.

No nos engañemos; en esta cuestión no caben discursos de falso humanismo. No cabe aducir que se trata de no hacer sufrir innecesariamente a los que ya están encarcelados y a sus familiares. Los presos de ETA, sus familiares, interpretan las ayudas económicas del Gobierno vasco como un reconocimiento político a su causa. Siempre lo han hecho así. Ese ha sido el discurso del Ejecutivo para justificar las subvenciones. Y ese ha sido siempre el discurso de ETA y su mundo al exigir dinero del Presuspuesto: el reconocimiento de que los etarras son presos políticos con los que la sociedad vasca tiene una deuda. Esto ha sido así hasta hoy; si apoyamos esa partida, será así también mañana. Sólo que en esta ocasión sufriríamos la vergüenza de que esa infame posición estaría sostenida por el Partido Socialista de Euskadi. Que siempre, hasta hoy, había exigido su retirada como condición previa al inicio de cualquier negociación global.

¿Cuáles creen ustedes que serán las consecuencias de que la ayuda a los terroristas forme parte de un Presupuesto que ve la luz gracias al apoyo del partido que gobierna en España? Este no es un tema sectorial, no es un tema menor. Que nadie pretenda escapar de su responsabilidad. Ni siquiera en el supuesto de que en la votación de esa partida el Partido Socialista mostrara su desacuerdo puntual nos libraríamos de ella. Con las cosas serias no valen maquillajes. Estos Presupuestos se aprueban porque el PSE retiró la enmienda a la totalidad, porque el PSE anunció un Pacto de Globalidad. Este es un tema nuclear, afecta al corazón político de las cuentas vascas, orienta la filosofía del Gobierno de Ibarretxe. No es cuantitativo: es cualitativo. Las consecuencias políticas de que el Partido Socialista apoyara un Presupuesto que contemple esa ayuda a los terroristas encarcelados serían devastadoras. ETA se sentiría reconocida y triunfadora; celebraría el éxito de 30 años de crímenes, amenazas y extorsiones. Y todo sin otra explicación que la aparente necesidad socialista de anunciar un «tiempo nuevo» basado, al parecer, en la constatación de que la sociedad vasca está «harta de conflictos artificiales». Como no lo han explicado, no puedo saber a qué llaman los dirigentes de mi partido «conflictos artificiales». Yo creía que todo aquello que nos ha enfrentado a Ibarretxe en el pasado -desde su pacto con ETA, hasta su plan rupturista- eran conflictos de
fondo, discrepancias sólidas sobre el modelo de País que pretenden imponer los
nacionalistas. Sólo se podría entender que el PSE haya decidido abandonar su
ambición de ser alternativa al Gobierno nacionalista de Ibarretxe si ha llegado
a la conclusión de que esas cuestiones, junto con la política educativa, la política lingüística, la televisión pública vasca, la política de cultura, la política antiterrorista son temas menores. Y eso sí que requeriría una explicación.

La estrategia política, hasta en sus aspectos más sustanciales, puede ser modificada. Pero ha de explicarse si uno no quiere arriesgarse a que los ciudadanos pierdan su confianza y le retiren su apoyo electoral. Las promesas políticas y los compromisos morales no pueden volatilizarse sin menoscabar la credibilidad de los actores políticos. Si pedimos el voto para una cosa y hacemos otra bien distinta, los ciudadanos podrán valorarlo con su voto en las próximas elecciones. Pero resulta más dificil reparar el daño que puede producir el abandono de los principios, la ruptura de un compromiso ético y moral para con las víctimas del terrorismo, para con la sociedad vasca que ha visto siempre en los socialistas un referente le lucha contra la injusticia, de defensa de la legalidad, de compromiso con la libertad.

Me preocupa que hayamos abandonado nuestra vocación de alternativa y no estoy de acuerdo con que le hayamos dejado ese espacio expedito al PP, pero lo que realmente me resultaría insoportable es que los socialistas vascos renunciáramos a ser el referente ético e insobornable que siempre hemos sido. Un partido que siempre ha estado en la vanguardia de la lucha contra la sociedad totalitaria y uniforme que alternativamente nos han querido imponer ETA y el nacionalismo obligatorio, no puede tirar por la borda, en tan poco tiempo, todo este bagaje.

No sé si aún estamos a tiempo de cambiar la posición de la dirección del PSE. No sé si aún es posible retirar nuestro apoyo a unos Presupuestos que dan cobertura económica y política a los presos de ETA. Quiero creer que algunas voces que aún no he escuchado impondrán la vuelta a la cordura. Nos jugamos mucho. Si permitimos que ETA recupere la esperanza de sacar algún beneficio por sus crímenes, si consentimos que tome cuerpo en su mundo la idea de que sus presos podrán volver a casa sin arrepentirse, como héroes de nuestro tiempo, muchos ciudadanos vascos sentirán que el sufrimiento ha sido inútil. Y los verdugos se sentirán remunerados por su crueldad.

A quien quiera escucharlas, a quien tiene la capacidad y la obligación de mantener y respetar lo mejor de la historia del socialismo vasco, les quiero recordar unas palabras escritas recientemente por Pilar Ruiz, la matrona de los Pagaza: «Los asesinos y sus amigos no se sentirán culpables si todos disimulamos. Pero deben sentirse culpables por haber matado, Patxi. Eso es lo primero para seguir hablando y para la generosidad del Estado. Decidnos de una vez y sin tapujos lo único que no ofenderá a los verdugos: que somos víctimas del conflicto vasco y que los verdugos han sufrido mucho matándonos». Todo está dicho.

Rosa Díez, EL MUNDO - 20/11/2005

1 Comments:

At 28 diciembre, 2005 13:19, Anonymous Chinchu said...

Que pena que no haya más socialistas como Rosa Díez.
Que vergüenza que estén totalmente raleados de su partido.
Que orgullo sentiría como español si hubiera más gente como ella.

 

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