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sábado, mayo 20, 2006

El Código de la discordia

Transcribo a continuación un excelente artículo de Federico Quevedo publicado hoy en El Confidencial.

El Código de la discordia

Federico Quevedo

“Don Jesús, don Jesús, ¿es pecado ir a ver El Código Da Vinci?”. Don Jesús es el párroco de Santa María de Caná, una iglesia de culto mariano en Pozuelo de Alarcón que todos los domingos deja pequeñas las previsiones más optimistas de asistencia a Misa, y que serviría por si sola como la más sólida evidencia de que todo lo que se cuenta en el famoso best seller de Dan Brown y, ahora, en la película de Ron Howard que ayer se estrenó en nuestro país, es mentira. La feligresa insistió y don Jesús, con tono un tanto ceremonial, le dijo: “No hija, no es pecado. Pero es de tontos”. No por el hecho de ir a verla o de leer el libro, que al final es una cuestión que responde a la libertad de conciencia de cada uno, sino porque si a nadie le gustaría que en una película se dijeran falsedades o mentiras sobre sus padres, tampoco a un cristiano que sienta y viva su Fe debería agradarle que se extendiera la sospecha y la infamia sobre sus creencias más íntimas. Pero la prueba evidente de que esa imagen de secta oscura y tenebrosa de la Iglesia que tanto Dan Brown como Howard presentan en sus respectivas obras es tan falsa como Judas –¡que a cuento viene!- es, precisamente, que se han podido publicar y estrenar sin que nadie haya pretendido impedirlo, con el máximo respeto a la libertad que es la herencia del humanismo cristiano sobre la que hemos levantado el edificio de esta sociedad occidental y, por lo tanto, muy lejos de responder a los roles típicos de las sectas fundamentalistas. Seamos sinceros: si El Código Da Vinci en lugar de atacar, porque eso es lo que hace, al Cristianismo, hiciera lo mismo con el Islamismo pues, en fin, ya saben ustedes lo que pasó por unas caricaturas, así que imagínense como sería la respuesta.

Dios existe –por suerte- y ese es el meollo del asunto. Dios existe a pesar de tantísima gente que se ha empeñado en demostrar todo lo contrario, lo cual no deja de ser una prueba –poco ortodoxa desde el punto de vista teológico- de que está ahí. Pero, a pesar de las numerosas muestras de su presencia infinita, fundamentalmente se trata de una cuestión de Fe creer en Él, y la Fe juega un papel esencial a la hora de medir el nivel de felicidad del hombre. Y esa Fe es la que ha sostenido durante más de dos mil años el edificio que levantó San Pedro, la Iglesia de Cristo, la más fascinante aventura del ser humano: encontrarse con Dios. Les diré algo, permítanme que les abra un poco la intimidad de mi corazón... Al ponerme a escribir estas líneas había rodeado mi mesa con numerosos documentos sobre El Código Da Vinci, papeles y más papeles destinados a desmontar las numerosas falsedades que se cuentan en el libro, porque aunque su autor y el director de la película digan que se trata de una ficción, lo cierto es que utilizan elementos reales para construir una mentira, y sobre esa mentira han levantado toda una industria del marketing dirigida a la obtención de pingües beneficios, para lo cual no han dudado en herir la esencia del Cristianismo. Y, hombre, el fin no siempre justifica los medios, por más que para ello hayan contado con la benevolencia de una religión que se sostiene, precisamente, sobre la base de la misericordia y el amor a la libertad. Pero, dicho esto, no voy a acudir a los argumentos históricos o a las realidades evidentes para encadenar un desmentido tras otro de El Código Da Vinci. No, déjenme que les diga otras cosas.

Porque quizá el mejor argumento para desmentir El Código Da Vinci se encuentre, no en una sesuda reflexión histórico-religiosa, sino en nosotros mismos. Si algo ha tenido de bueno tanto el libro como la película es, precisamente, que ha puesto de moda el Cristianismo y, por lo tanto, suponen una oportunidad única para explicar de qué va nuestra Fe y, sobre todo, predicar con el ejemplo, que es la mejor manera de demostrar que lo que escribió Brown y dirigió Howard nada tiene que ver con la realidad. No es fácil, y por eso les decía que les abriría un poco mi intimidad. Los hombres somos débiles por naturaleza, fáciles de llevar a la complacencia y el acomodamiento, y yo no soy ninguna excepción. De alguna manera, durante un periodo largo de mi vida, la Fe fue algo lejano, distante. Supongo que a muchos de ustedes les pasaría tres cuartos de lo mismo, porque suele ser una experiencia muy habitual. Sigo siendo el mismo ser humano débil y acomodaticio, pero de alguna manera, y sobre todo a raíz de la muerte de Juan Pablo II, algo ha empezado a cambiar dentro de mí, y creo que Dios está un poco más cerca –o, mejor, yo lo siento más cerca-, a pesar de que como cualquiera de nosotros tropezaré una y mil veces de aquí al final de mi vida. Si les cuento esto es porque creo que a muchos de ustedes les habrá pasado algo parecido, si no lo mismo, o conocerán a otros que hayan vivido algo similar. Yo sí.

Y no es ninguna coincidencia que esta nueva marea de movimientos anti-cristianos haya coincidido, precisamente, con lo que se vino en llamar un tsunami de espiritualidad, de Fe. Desde la muerte de Juan Pablo II han sido centenares de miles de almas las que han llamado a la puerta de la Iglesia, y da la sensación de que Benedicto XVI ha recogido esas simientes y se ha empeñado en la ardua labor de regarlas con la doctrina, tan esencial en un momento en el que nuestra sociedad adolece de valores, algunos tan fundamentales para nuestra propia existencia como el de la libertad, y otros tan necesarios para el propio crecimiento interior de las personas como el de la Fe. En ese contexto, El Código Da Vinci no deja de ser una piedra más en el camino de la extensión del Evangelio, aunque a lo mejor, y gracias a que vivimos en un mundo en el que la información es accesible desde cualquier rincón, desde cualquier lugar –salvo en Cuba-, la curiosidad que la propia película despierta puede hacer que mucha gente se acerque al conocimiento de Cristo y del Evangelio. Esta es, probablemente, una gran oportunidad de hablar de Jesucristo, porque el interés por su figura, por su vida, renace en el corazón de mucha gente que parecía ajena a Él.

Creo que, de alguna manera, El Código Da Vinci es una llamada de atención a los propios cristianos, un recordatorio de que Cristo está ahí y que es la respuesta a muchas de las preguntas que nos hacemos diariamente, preguntas, muchas de ellas, referidas al sentido de la vida y a la propia muerte y, sobre todo, a la necesidad de amar. El hombre siempre ha buscado en lo sobrenatural la explicación a muchas de sus dudas, de ahí que la figura de Cristo y el interés que despierta explique en buena medida la difusión que ha tenido el best seller de Brown –muy criticado en el aspecto literario- y el que tendrá la película de Howard, a la que los críticos han puesto a caldo y de la que solo parece salvarse el trabajo de Tom Hanks. La religión, sobre todo la católica, y todo lo que le rodea, siempre ha tenido un especial atractivo, y más si detrás de ella se esconden sociedades oscuras y libidinosos predicadores, producto de la imaginación de algún autor con posibles. El silencio de los creyentes, el respeto a la libertad de los que optan por dañar nuestras creencias, la tolerancia en definitiva, no puede confundirse con una actitud vergonzante. El Código Da Vinci es una ofensa a los cristianos, y lo menos que puede hacer la misma sociedad que pide respeto para quienes alaban la película, es darnos a nosotros el derecho de réplica.

Yo no voy a ir a ver la película. Tengo derecho a no hacerlo y nadie puede criticarme por ello, ni siquiera por aconsejar a otros que sigan el mismo camino. Si fuéramos sinceros con nosotros mismos, rechazaríamos de plano una película que levanta falsos testimonios y mentiras sobre las creencias de la mayor parte de la sociedad occidental. Es como si un filme denunciara que realmente la empresa Sony esconde una red de mafias japonesas y trata de blancas... ¿Qué haría la multinacional nipona, productora de El Código Da Vinci? Lo imposible por evitar su distribución, aunque el director dijera que se trata de una ficción. ¿Por qué, entonces, no utilizamos el mismo rasero cuando se trata de ofender a millones de cristianos en todo el mundo? “Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del Sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios”, afirmaba, recientemente, el predicador pontificio, Rainiero Cantalamessa. La formulación de sospechas y acusaciones contra el Cristianismo y contra la Iglesia –oscurantismo, secretismo, intrigas...- forma parte de la herencia racionalista y materialista de quienes siempre han pretendido la destrucción de una sociedad libre. Por eso, El Código Da Vinci no es solo una ofensa a los católicos: es, también, un ataque en toda regla en la línea de flotación de la democracia liberal cimentada en el humanismo cristiano.

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